- Veo dos mujeres y dos niñas. Están esperando a alguien.
- ¿Sabe usted a quién pueden esperar?
- No. No tengo ni idea. ¿Cómo quiere que lo sepa? Con la imagen no puedo saberlo.
- ¿Seguro? ¿No le parece que están esperando a alguien importante?
- ¡Y yo qué sé! ¡Lo único que veo son a esas cuatro personas esperando a que llegue el tren!
- El tren... Me pregunto de dónde vendrá.
- Y yo, y yo...
- ¿Qué le parece si averiguamos su lugar de origen?
- ¿Para qué?
- Para ver si adivinamos quiénes son esas mujeres.
- ¿Y por qué querría saberlo?
- ¿No le llama la atención cómo van vestidas?
- Sí, la verdad es que sí. Recuerdo que mi esposa tenía un vestido parecido al de la mujer que está cogiendo a las niñas.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué más recuerda?
- Un tren. Recuerdo un tren. Se parece al de la foto.
- ¿Cómo era el tren?
- Normal. Como todos en aquella época. Casi no había espacio para sentarse. La mitad de los pasajeros siempre iban de pie. Eran viajes largos, ¿sabe? Duraban muchas horas. Pero lo mejor de todo es que siempre te esperaba tu familia. Por lo menos a mí.
- Como estas personas - dijo la mujer señalando la imagen.
- Como estas personas, exacto.
- ¿Y qué más recuerda?
- A mi hija Soraya, la mayor. Ella no quería venir a recogerme a la estación. Y su madre la obligó. Por eso llevaba su pijama con dibujitos y un albornoz blanco. Y también recuerdo su pelo: suave y liso, como la seda, y bien cortito. Como el de la niña de la foto.
- ¿Tenía sólo una hija?
- No. Tenía dos. Soraya y Lucía. Lucía era la pequeña.
- ¿Qué recuerda de ella?
- Que era muy traviesa. Siempre estaba corriendo de aquí para allá, y nos obligaba a estar continuamente pendientes de ella. Pero también era la más cariñosa y familiar. Recuerdo que llevaba un vestido blanco muy bonito el día en el que me recogieron en la estación.
- ¿Era el mismo vestido que el de la niña de la foto?
- Parecido. El de Lucía era algo más corto, creo. Aunque el pelo es idéntico. Era rubia, ¿sabe?
La mujer se levantó y se fue al otro lado del pasillo, al tiempo que en su mejilla resbalaba una lágrima. Se estaba acordando de cuando ella había corrido a abrazar a su padre una vez en una estación de tren.
- ¿Quién debe de ser la otra mujer de la foto? - preguntó a ese señor que estaba sentado observándola, incluso escudrinándola.
- Se parece a Julia, mi hermana. La muy estúpida nunca quiso que nos casáramos Miriam y yo. Por eso nunca se acercaba a mi esposa. No se soportaban. De hecho, recuerdo que intentó que no nos casáramos. Todavía no le he perdonado que me diera la carta que escribió Jose a la que iba a ser mi mujer en un mes, en la que explicaba por qué estaba enamorado de ella. Para luego darme cuenta de que el tal Jose no existía, y que la carta fue un veneno que me dio mi hermana.
La mujer rompió a llorar. Las lágrimas escapaban de sus ojos como una lluvia constante y caían sobre el suelo de mármol. ¿Cómo era posible que ese señor haya olvidado tan rápido la fotografía?
- ¿Qué le pasa, señora? - preguntó Miguel alarmado.
- ¿No recuerda esta foto? ¿No sabe quién la hizo? ¿No me reconoce?
- ¿Qué? ¿Qué quiere decir? ¿Quién es usted?
- ¿Realmente no sabe quién soy yo? Soy Lucía, papá. Y ésta es la foto de cuando vino de Boston.
El señor la miró. Observó su cara y sus rasgos. Y su pelo rubio. Como el de la niña de la foto.
- Lucía... ¿Qué hago aquí? ¿Dónde estamos?
- En una residencia, papá. Vengo a verle todos los días.
- ¿En una residencia? ¿Por qué? ¿Qué me pasa?
- Tiene Alzheimer, papá. Desde hace dos años.
Miguel miró a su alrededor. Y vio que Lucía tenía razón: estaba en uno de esos lugares llenos de viejos inservibles, como él, sin ganas de vivir. Pero también vio que sus recuerdos volvieron: se acordó de Nina, la fotógrafa, y del día en que tomó esa foto. Recordó a esa niña que estaba sujeta a la farola y que luego se cayó. Y del viaje de vuelta a su casa, después de estar dos años en Boston. Y empezó a recordar a sus abuelos, a sus padres y a sus amigos. Y las anécdotas que habían sucedido en sus casi 98 años de vida.
Pero lo que no sabía era que esos recuerdos iban a esfumarse en unos minutos. Los suficientes para que Lucía se despidiera de él.
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